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LA PRIMERA ASCENSIÓN DEL PETIT DRU
Solitaria, esta formidable pirámide de roca, flecha perfecta que abraza al sol poniente, se resistía...Cuando la historia del Dru comienza, todas las cimas más importantes habían sido ya ascendidas. Después de una primera tentativa en 1.876 -y a pesar de haber conseguido alcanzar la cima norte el año anterior-, Jean Charlet Straton quiere volver a intentarlo: quiere hollar la cima principal, ponerse de pie sobre este pico tan característico. Está dispuesto a hacer todo lo necesario para conseguirlo, incluido el contratar el mismo a dos colegas guías. Después de mucho dudarlo, Prosper Payot y Frédéric Folliguet aceptan acompañarlo, él asegura que es posible encontrar una ruta, pero en el valle todo el mundo lo duda. "El jueves 28
de Agosto, a las 4h. 30 min. de la mañana, salí de Chamonix en compañía
de los dos guías Payot y Folliguet. Llevábamos algunos víveres, mantas
para los campamentos, piolets y un centenar de metros de cuerda."
Tomaron en primer lugar el sendero del "Chapeau" a la "Mer
de Glace", después lo abandonaron en dirección al glaciar del
"Charpoua" A las 2 h. 20 min estaban a pie de pared. Los compañeros
de Straton dudaban, preferían tomar el camino del "Dent", pero
él se muestra firme.
Pero el día avanza, y los tres guías se aprestan, más mal que bien a pasar la noche enrollados en sus mantas. Al día siguiente, aligerados del peso de sus mantas y víveres, comienzan a subir. La pared se endereza y la escalada es cada vez más difícil. A pesar de todo Jean-Charlet Straton reconoce las marcas de su primer paso, de la cual sus compañeros dudaban. "Penosamente,
entre obstáculos que habían juzgado como infranqueables, hasta el punto
de afirmar que yo no los había superado nunca, avanzábamos a pesar de
todo, ayudándonos, sobre todo de las cuerdas. No admito en absoluto la
utilización de escalas en lo que a las ascensiones en roca se refiere. Me
parecen más destinadas a los albañiles que a los alpinistas, y más
apropiadas para montar techos que para ascender cimas.
Después de dos horas de escalada ejecutada con prudente lentitud, llegamos por fin al lugar donde había depositado la bandera que indicaba el lugar culminante de aquella primera tentativa, y cual no sería mi sorpresa al hallar intacta la vara de pino que ni las avalanchas, ni el viento habían conseguido hacer desaparecer. Desde este punto
la escalada se hizo cada vez más ardua. La roca era más y más lisa, sin
fisuras, los relieves y salientes a los que agarrarse eran cada vez más
escasos. Subido a los hombros de mis compañeros, buscaba en las grietas de
la roca para ver si me era posible encontrar donde poner las manos o los
pies. Una vez hallado el emplazamiento, mis pies abandonaban los hombros de
los guías para encaramarse alzando un piolet -si su altura lo permitía-
hasta el punto que yo creía poder abordar. Una vez allí, fijaba mi cuerda
a un bloque sobresaliente sujetándola con cuidado en mis manos, y los dos
guías llegaban hasta mí ayudándose de la cuerda.
Este ejercicio gimnástico se repitió varias veces, y debo decir que si el cansancio y el desanimo no se apoderó de nosotros, fue por que a una escasa distancia de la última de las escaladas distinguí un pequeño nevero que nos permitía, sin grandes dificultades, alcanzar la tan deseada cima. Esta reflexión se la hice a los dos guías que me acompañaban, haciéndoles comprender que una vez alcanzado el pequeño nevero, habríamos puesto fin a la última prueba de valor y que la victoria sería definitivamente nuestra". Desde el valle se
sigue con atención la escalada, no fue necesario que izasen su bandera
para que resonasen los tradicionales cañonazos que saludaban la victoria
sobre una cima.
Añado, para ser totalmente sincero, que a falta de saliente al que fijar la cuerda, buscaba una fisura en la que introducir lo más fuertemente posible, con la ayuda de un martillo, una punta de acero de aproximadamente 20 centímetros de largo, y era en esta punta donde ataba la cuerda, tal y como he explicado antes". Y fue así cómo, inventando de paso la técnica del rapel, Jean-Charlet Straton y sus compañeros alcanzaron el vivac donde pasaron una segunda noche. De esta manera, alentados por su experiencia del día anterior, no dudaron en sacrificar un mango de piolet para plantarlo en la nieve y de esta manera poder enrollar su cuerda. Ésta fue su última dificultad antes de descender las pendientes que les condujeron a Chamonix donde fueron recibidos con entusiasmo por la población.
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