El Everest de Edurne Pasabán

Cambiando de ruta, este año fue por la sur, y aceptando la ayuda del oxígeno, se ha convertido en la primera alpinista vasca en lograr su cima. - 07.06.2001

Por Jordi Pastor   jordi@desnivel.es




Edurne Pasabán

Edurne Pasabán ha logrado por fin su objetivo, la cima del Mundo. Tras su primera experiencia himaláyica en el Dhaulagiri en otoño de 1998, esta alpinista vasca de 27 años inició su particular relación con el Everest, en el que ha estado tres años consecutivos(1999, 2000 y 2001).Conocer la cima de la Diosa Madre de la Tierra, su primer ochomil, le ha costado dos decepciones por la cara norte, de las que incluso regresó con problemas de congelaciones en los pies en 2000.

Este año Edurne decidió cambiar la estrategia. Se fue a la cara sur -'dicen que ofrece más oportunidades de cumbre'-compartiendo permiso con un grupo internacional y aceptó la ayuda y el 'calorcito' interior que proporciona el oxígeno artificial. Pero ha merecido la pena. Además de convertirse en la primera alpinista vasca en la cima, la lucidez que el gas embotellado proporciona a esas alturas le ha recompensado con un perfecto recuerdo de toda la ascensión y de la cumbre, claro.

Tras dos intentos por la norte, ¿cambia mucho el Everest por la cara sur?
La vía es completamente diferente. Por un lado, se suele decir que es mejor que la norte en cuanto al tiempo, porque el viento es menor, no hace tanto frío y suele dar más oportunidades de cumbre. Además, el campamento base es más cómodo que el chino, porque está a menor altura. Pero por otro lado, también tiene algún inconveniente. Primero por la Cascada de Hielo del Khumbu, que a mi juicio es lo peor de la ruta, porque tienes que atravesarla todos los días y cambia constantemente, modificando el itinerario de la ascensión. Y segundo porque es una vía más larga. Alcanzar último campo de altura por la cara norte (8.300 m) es relativamente más fácil que llegar al Collado Sur.




En las cuerdas fijas

¿Cómo fue el ataque final?
Más largo de lo que parecía. Al llegar al Escalón Hillary creía que ya estaba casi en la cima porque te dicen que sólo quedan quince minutos...¡ pero todavía quedaba mogollón! (risas). El tramo más delicado era una pala de roca y nieve antes de llegar a la Cumbre Sur, porque la nieve se desprendía un poco, pero por lo demás lo vi factible y sin riesgo, salvo los que siempre corres en la montaña claro.

¿Recuerdas la llegada a la cumbre?
Sí, perfectamente. La cuerda fija no llegaba hasta arriba, y al final encuentras un plató en cuesta que termina en una cresta donde confluye con la cara norte. Había banderines de oración, una bandera americana y bastante gente. Cuando vi la cima desde el Escalón Hillary tuve la sensación de que ya no se escapaba, pero al llegar arriba casi no pensé en nada, no sentí nada especial, sólo que tenía que empezar a descender. Así que hice cuatro fotos y para abajo. Quizá fue un poco frío, no?(risas).

¿Qué opinión te has traído de la masificación en esta montaña?
En una realidad, y cada vez hay más gente, pero no sólo expediciones comerciales, sino también grupos como el nuestro (alpinistas de diferentes nacionalidades que comparten un permiso). Vi muy pocos alpinistas experimentados en el Everest, y mucha gente que paga burradas de dinero por subir.

En cualquier caso, no se puede prohibir a nadie que suba a una montaña. Tampoco creo que haya mucho peligro por las expediciones comerciales, porque todo el que sube se arriesga de por sí, lleve o no lleve oxígeno. No se puede dar preferencia a unos sobre otros por llevar o no botellas. De todas formas, la solución es muy complicada.




Durante una de sus ascensiones

¿Consideras la ascensión con oxígeno igual de válida?
Sí, para mi es válida porque he logrado mi objetivo, que era subir. En 1999 y 2000 lo intenté sin usar oxígeno porque era mi motivación inicial. Quizá sí se me haya quedado la espinita de intentarlo sin botellas, pero este año quería asegurar la cima y por eso me decidí a llevarlo. Por supuesto que valoro muchísimo a la gente que lo consigue sin usarlo y me quito el sombrero ante ellos, pero mi objetivo principal era subir y lo he logrado.

¿Te has resentido de las congelaciones del año pasado?
He tenido las molestias normales, pero las secuelas de las congelaciones no me han pasado factura. En este aspecto es donde se nota el oxígeno, porque más que ayudarte en la respiración, te proporciona un calor interno que te ayuda a ir más cómoda mientras asciendes.

La gran ayuda son las cuerdas fijas que te llevan casi hasta la cima. De hecho, este año en la ruta sur no hubo cuerdas en la sección final hasta el día 22, y por eso, aún teniendo oxígeno, nadie se animaba a tirar para arriba, excepto los castellanoleoneses que fueron los primeros y equiparon desde la Cumbre Sur en adelante. Lo mismo pasa con lo sherpas, aunque es algo que casi no se aprecia. Para muchos alpinistas, entre los que me incluyo, sin su ayuda para montar los campos de altura y portear material, la ascensión sería muchísimo más complicada.

¿Tuviste un pequeño susto montando los campos de altura?
Sí, un día sufrimos una pequeña avalancha subiendo al campo 1, cuando rompió un serac en la Cascada de Hielo. En realidad sólo nos pilló la nube de nieve que levantó el alud, pero estuvimos casi tres minutos sin ver nada y con el susto en el cuerpo.


¿Volverás para intentar el Everest sin oxígeno?
Ahora mismo tengo otras planes en la cabeza, pero con la experiencia acumulada estos años y conociendo la montaña, no descarto regresar algún día para intentarla sin oxígeno.

¿Cómo sienta ser la primera alpinista del País Vasco en ascender el Everest?
Sienta bien, siempre gustan estas cosas, pero tampoco lo pensé antes porque mi objetivo principal era subir y por eso iba al Everest. Realmente, es algo que me ha tocado a mi y lo acepto con mucho gusto.

¿Qué planes tienes ahora?
Vuelvo al Dhaulagiri en otoño. Estuve ya en otoño de 1998 -se retiró a 7.800 metros por la vía normal en su primera experiencia a gran altura- y este año lo intentaré de nuevo por la arista NE (ruta normal).