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REPORTAJES
¿Quién ha sido? Así se investiga un gran incendio El fuego habla. Y el color de sus llamas y las vigas calcinadas son su manera de decir si un siniestro es accidental o provocado.
Un infierno serpenteante El primer paso es localizar el foco del incendio, el lugar donde se inició el fuego. ¿Y cómo se encuentra? Recorriendo a la inversa el camino por el que se han propagado las llamas. El trayecto lo señalan unos peculiares mensajes que han quedado escritos en las paredes, en los suelos y en las vigas retorcidas Se trata de las marcas del fuego. De manera genérica, los especialistas distinguen dos tipos de marcas: las de movimiento y las de intensidad. Las primeras son las que señalan la dirección en la que ha avanzado el fuego, cómo se ha propagado el incendio. Interpretadas correctamente, son como carteles indicadores que van guiando al investigador desde el exterior del edificio hasta el corazón del mismísimo infierno. Las primeras marcas que se encuentran al entrar en las ruinas son manchas de hollín y burbujas provocadas por el calor en la pintura de las paredes que no acabaron de arder. Pero el panorama se va haciendo más devastador conforme se avanza. ¿Qué hacer? Estudiar la dilatación y deformación de los materiales y la carbonización. Así, en un incendio en el que se registren temperaturas muy superiores a los 500ºC, las vigas y los pilares de acero se doblan por efecto del calor. Y su deformación será mayor cuanto más intensa sea la fuente calórica que actúa sobre ellos. Fijándose en cuáles son las caras más afectadas por la acción del calor se sabe en qué dirección se recibió el impacto de las llamas. Igualmente, en casi todos los incendios producidos en edificios se encuentra madera quemada. Cuando se ve expuesta a temperaturas muy elevadas, la madera se agrieta, se encoge, se abomba y acaba por carbonizarse. Nuevamente, las partes más quemadas señalan la dirección de la que procedía el fuego. La tercera gran fuente de información son los listones de madera que hay en las paredes, y sobre los que se construyen los revestimentos. Si el fuego ha destruido esa cubierta y ha dejado los listones al aire, estos presentan un nivel de destrucción irregular. Para entendernos: estos maderos estarán menos carbonizados cuanto más lejos se encuentren de la fuente de calor. Por el contrario, cuanto más quemados estén, quiere decir que nos hallamos más cerca del foco donde se ha originado el fuego. ¿Y qué son las marcas de intensidad? Pues son las que revelan las zonas donde el fuego ha actuado con más furia. Por ejemplo, habitaciones totalmente carbonizadas por las llamas. En teoría, deberían ser las más cercanas al foco, pero no siempre es así. Pongamos un incendio que se inicia en la planta siete y se extiende cinco pisos más arriba. Al llegar allí, puede estar más debilitado, pero prende en una estancia que resulta ser un archivo que contiene toneladas de papel que arden como la yesca. Y el resultado es un infierno que reduce todo a cenizas y acaba causando más destrozos que en otros pisos que estaban más cerca del foco. El corazón del siniestro ¿Y cómo se reconoce el foco del incendio? Hay diversos indicios. Y uno de ellos es una mancha con forma similar a la de una V que dejan las llamas en el lugar donde se iniciaron. La razón de que se produzca este fenómeno se debe a que, cuando se prende un fuego, sobre el objeto que se está quemando se crea una columna de gases que se eleva. Pero cuando tropieza con alguna superficie vertical (una pared, un techo ) su avance se trunca, y la columna de gases comienza a abrirse formando una figura similar a un cono invertido (la V o la U a la que aludíamos), cuyo vértice descansa sobre la fuente de calor (las llamas). Pero igualmente, esas llamas también tienen una forma parecida a una pequeña V, aunque en este caso, invertida. La suma de ambas crea una figura fácilmente reconocible para los investigadores, quienes la han bautizado como reloj de arena. También pueden encontrarse agujeros en el suelo de la zona focal, aunque se trata de una pista engañosa. La hendidura, sin duda, indica que dicha superficie estuvo sometida a un fuego de gran intensidad y duración, pero podría tratarse de un foco secundario. Descubrir el lugar donde se ha iniciado el fuego es una pieza fundamental en el puzle de la investigación. Una vez resuelta esa incógnita, el siguiente paso es estudiar cómo se ha desarrollado el incendio. Las claves del siniestro ¿Fatalidad o sabotaje? Para descubrirlo, hay que estudiar
las marcas que deja el fuego. El fuego asciende en vertical por las escaleras y los
tubos de ventilación. Pero si tropieza con un obstáculo que impida su avance, invierte
su rumbo y desciende hacia las plantas más bajas, que también prende. Los investigadores introducen en las vigas carbonizadas un
instrumento llamado calibrador doble con sonda profunda. Con él miden el
grado de carbonización de la madera. Más de 2 cm puede ser una señal de que ha sido
rociada con gasolina. Así se llama a las grietas que el fuego causa en el hormigón. Este material no se quema y soporta temperaturas de 300ºC sin dañarse. Y para producir en un muro de hormigón una grieta de 2 cm habría que someterlo durante horas a temperaturas superiores a 1.000ºC. Por eso, estas grietas pueden ser indicio del uso de acelerantes del fuego. Flashdown. Así se denominala lluvia de brasas ardiendo que se
desprende de la fachada de un edificio en llamas. Algunas de ellas, al caer a las plantas
inferiores, pueden provocar nuevos focos de fuego. A partir de los 500ºC, las vigas metálicas se retuercen. Descubriendo en qué cara están más afectadas por el fuego, los bomberos saben en qué dirección han atacado las llamas.
El corazón del siniestro ¿Y cómo se reconoce el foco del incendio? Hay diversos indicios. Y uno de ellos es una mancha con forma similar a la de una V que dejan las llamas en el lugar donde se iniciaron. La razón de que se produzca este fenómeno se debe a que, cuando se prende un fuego, sobre el objeto que se está quemando se crea una columna de gases que se eleva. Pero cuando tropieza con alguna superficie vertical (una pared, un techo ) su avance se trunca, y la columna de gases comienza a abrirse formando una figura similar a un cono invertido (la V o la U a la que aludíamos), cuyo vértice descansa sobre la fuente de calor (las llamas). Pero igualmente, esas llamas también tienen una forma parecida a una pequeña V, aunque en este caso, invertida. La suma de ambas crea una figura fácilmente reconocible para los investigadores, quienes la han bautizado como reloj de arena. También pueden encontrarse agujeros en el suelo de la zona focal, aunque se trata de una pista engañosa. La hendidura, sin duda, indica que dicha superficie estuvo sometida a un fuego de gran intensidad y duración, pero podría tratarse de un foco secundario. Descubrir el lugar donde se ha iniciado el fuego es una pieza fundamental en el puzle de la investigación. Una vez resuelta esa incógnita, el siguiente paso es estudiar cómo se ha desarrollado el incendio. Termodinámica de la catástrofe Para que se produzca un incendio en un lugar cerrado es necesaria la conjunción de tres elementos indispensables: el combustible (el material que arde), el comburente (el oxígeno) y la chispa que causa la ignición, que puede ser provocada por múltiples causas, desde una simple cerilla hasta un anormal y elevado aumento de la temperatura. Los expertos aseguran que cada incendio es diferente. Aun así, siempre existen algunas características comunes. La primera es que, desde su nacimiento, el fuego siempre crece y se propaga hacia arriba, hasta que tropieza con algún obstáculo que detiene su avance. Se extiende entonces de forma horizontal hasta que encuentra alguna abertura (una puerta, claraboya o rendija) que le permite continuar y reanudar su avance vertical. Hemos dicho que su forma natural de avanzar es de abajo hacia arriba. ¿Qué ocurre, pues, si vemos un incendio que se propaga a las plantas inferiores? ¿Quiere decir que ha sido provocado? No forzosamente. Puede ser debido a un fenómeno que los bomberos denominan flashdown. Consiste en una lluvia de brasas ardiendo, algunas de las cuales caen a las plantas inferiores donde prenden y crean, así, varios focos secundarios de fuego. También puede suceder que el fuego en su avance alcance un conducto de ventilación que ascienda por el edificio en posición vertical. En tal caso, se produciría un efecto chimenea, gracias al cual el fuego inundaría el conducto ascendiendo hacia la cima. Pero si tropieza con algún obstáculo que frene su avance, el fenómeno se invierte. La chimenea funciona entonces hacia abajo, y las llamas descienden de forma vertiginosa. Y si en su camino encuentran alguna salida lateral, escaparán por ella e incendiarán también las plantas más bajas. Un dónut en llamas Las estadísticas que maneja la Unión Europea aseguran que casi el 85% de los incendios que se producen tienen una causa fortuita o natural. Pero, ¿qué sucede con el otro 15 %? ¿Cómo se sabe que han sido provocados? Por la suma de varios indicios. Y uno de ellos nos remite de nuevo a las superficies carbonizadas. El fuego tiende a agarrarse a la madera, especialmente en las puertas, pero los experimentos en laboratorio han demostrado que para carbonizar un centímetro de madera se necesita una exposición de una hora a temperaturas de unos 400ºC. Y para que la parte carbonizada alcance los 25 cm de profundidad, tendría que permanecer expuesta durante una hora a temperaturas cercanas a los 1.000ºC. Por eso, si en una habitación donde se hayan alcanzado temperaturas de 500ºC apareciera madera con un nivel de carbonización de más de 2 cm, sería un indicio sospechoso que haría pensar en la posibilidad de que hubiera sido rociada con gasolina o algún otro tipo de sustancia acelerante del fuego. Otra prueba que podría hacer pensar en un incendio provocado son las manchas producidas por las nubes de gases. El gas natural tiene una densidad de 0,65: es más ligero que el aire, sube siempre y va dejando marcas de combustión en el techo y en las juntas que lo unen a las paredes. Pero los gases producidos por los derivados del petróleo son más pesados que el aire. El butano, por ejemplo, tiene una densidad de 2,0; y el propano, de 1,5. Se acumulan, por tanto, en la parte inferior, lo que quiere decir que las manchas de combustión en el suelo podrían proceder de la quema de gasolina o gasóleo. Por otra parte, si un saboteador regara una estancia con gasolina para prenderle fuego, la combustión dejaría en el suelo unas características marcas en forma de toroide (un objeto parecido a un dónut, o un neumático): una zona carbonizada que forma una especie de anillo que rodea a otra menos quemada. ¿Y por qué surge este tipo de marcas? Al quemar gasolina se produce, primero, un enfriamento de la zona central, y las llamas pasan a concentrarse en el perímetro de la mancha de combustible, donde carbonizan el suelo. Pese a todo, ninguna de estas pistas es concluyente. Todas pueden deberse a causas accidentales. Las manchas irregulares, o las que tienen forma de dónut, por ejemplo, podrían ser causadas por algunos plásticos que, al arder, se licúan y se comportan de forma similar a la de los líquidos acelerantes. Pero la suma de varios de estos indicios sí que puede inducir la sospecha de que un incendio se deba a la intervención de una mano humana. Y para confirmarlo, no hay más remedio que recurrir a las pruebas en el laboratorio.
Análisis de líquidos inflamables Cuando existe la sospecha de que el siniestro ha sido provocado, se procede a recoger diversos tipos de muestras, para analizarlas en el laboratorio y detectar si existen restos de productos inflamables. Dichas muestras tienen que ser protegidas, para evitar su contaminación con otras fuentes extrañas. Para ello, generalmente, se guardan en recipientes de metal estanco o también en bolsas de nailon precintadas. Se realiza un examen inicial usando esnifadores, detectores portátiles de vapores que señalan la presencia de restos de productos inflamables, pero que son incapaces de distinguir si se trata de gasóleo o gasolina. Para saberlo, es necesario aislar los restos de acelerante. Se consigue usando un disolvente no purificado, llamado n-petano. Otro método común es el llamado sistema BRACKETT, que emplea vapor de agua para extraer el acelerante químico de la muestra. Pero ninguno de los métodos empleados tiene una eficacia del ciento por ciento. Además, a veces los saboteadores tienen éxito en su intento de hacer desaparecer los restos de los acelerantes químicos que puedan delatarles. Lo hacen mezclando la gasolina con otras sustancias que producen un fenómeno llamado pirólisis, y que consiste en la descomposición química de un producto determinado. El uso de estos productos de pirólisis sirve tanto para destruir los restos del acelerante como para enmascararlos. Pero pongámonos en el más feliz de los casos: cuando los investigadores encuentran restos de gasolina. El siguiente paso es descubrir la marca. Esto es relativamente sencillo, ya que cada fabricante de gasolina usa una clase diferente de tinte para su producto, y afortunadamente los tintes no se evaporan durante el incendio. Por tanto, pueden recuperarse lavando las muestras con petano, y luego se identifican mediante cromatografía, una técnica que se usa para reconocer productos químicos mediante la separación de las proteínas que los componen. Y conociendo de qué tinte se trata, se sabe la marca de gasolina, el fabricante y las tiendas donde se vende. El resto de la investigación es cosa de la policía.
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